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El novio de mi hermana 

 

Quiero contaros una historia que creo os puede interesar. Veréis: tengo 16 años, vivo en Madrid, España, y tengo una hermana un año mayor que yo. Mi hermana, Luisa, tiene novio desde hace seis meses; él es un poco más joven que ella, tendrá mi edad, aproximadamente. El caso es que un día, hace cosa de una semana, ella salió con mi madre de compras; a Roberto, que es como se llama su novio, no le gusta ir de compras, así que se quedó en casa. Nos quedamos viendo un partido de fútbol y como estábamos solos en casa nos pusimos a beber cerveza sin que mi padre pudiera decir nada porque estaba trabajando.

El caso es que nos pasamos en las cervezas; como estábamos achispados, yo propuse que nos tomáramos unos whiskys, que tampoco me dejan beber nunca, y pronto nos habíamos tomado media botella entre los dos. El caso es que yo debía ser peor bebedor que él, porque pronto me sentí muy mareado; Roberto me acompañó al cuarto de baño, pero no podía vomitar; se le ocurrió entonces que me diera una ducha para pasar los efectos de la borrachera. Le dije que bueno, pero que saliera del cuarto de baño, pero casi me caigo cuando me soltó, así que volvió a agarrarme y empezó a desnudarme; la verdad es que con la cogorza que tenía, apenas me quedaba un atisbo de pudor.

Cuando solo me quedaba puesto el slip, me lo arranqué de un tirón, y cuál no fue mi sorpresa cuando me di cuenta de que tenía un empalme de cuidado: tenía mi tranca tiesa, seguramente por efectos del alcohol, pero yo no me había percatado, cómo sería de grande la curda que tenía. Roberto se quedó con la boca abierta, pero no dijo nada y me ayudó a entrar en la bañera. Abrió los grifos y puso el agua a una temperatura no fría, sino más bien templada, muy agradable. Me recosté en el suelo de la bañera y me dejé mecer por el agua.

Creo que me debí quedar dormido por la borrachera y la placentera caída del agua tibia sobre mi cuerpo; en sueños imaginaba que alguien me chupaba la polla, que seguía estando erecta, en la plenitud de sus 18 centímetros. La sensación era tan verídica que sentía prácticamente cómo me chupaban hasta los huevos; pero los dientes que se me acababan de clavar en mis cojones me parecieron ya demasiado verídicos, y, tumbado como estaba, entreabrí los ojos; no podía dar crédito a lo que estaba viendo: la cabeza rubia de Roberto estaba volcada sobre la bañera y dentro de su boca estaban mis huevos, enteros, que eran chupados con gusto y placer (se notaba porque tenía los ojos cerrados, como si estuviera en el paraíso) por el novio de mi hermana.

La verdad, no sabía qué hacer; lo único que se me ocurrió fue quedarme como estaba, con los ojos entrecerrados para no revelar que me había despertado; pronto Roberto volvió a mi nabo, y se lo enterró entero en la boca, chupeteándolo con auténtica gula. El tío tenía unas tragaderas increíbles, porque se metía mis 18 centímetros en su boquita, y aún le quedaban arrestos para enterrar su nariz en mi vello púbico.

Yo estaba tan excitado que sentí que me corría; aguanté el tipo como pude, para no descubrirme. Pillé en ese momento a Roberto goloseando mi capullo, así que el primer trallazo de mi leche le salpicó en la nariz; yo creí que se retiraría enseguida, pero lo que hizo fue colocar la boca de tal forma que mi semen, conforme iba saliendo del rabo, se iba alojando en su lengua. Aquello fue el espectáculo más impresionante de mi vida, verlo retener mi leche en la lengua, que se le puso toda viscosa, para después, una vez que ya no me quedaba más esperma, asistir a cómo se lo tragaba con auténtica delectación, como si fuera caviar o algún otro manjar semejante. Metió la lengua, pringosa de leche todavía, en el ojete de mi rabo, buscando una última gota.

Yo seguí fingiendo que estaba con el sueño de los borrachos, pero aún me quedaba más por ver. Con los ojos apenas entreabiertos vi entonces que Roberto se desnudaba y que entre sus piernas aparecía un vergajo descomunal, algo así como 22 centímetros de polla larga y gorda, en un cuerpo impresionante, sin vello y ligeramente musculado. Yo no había tenido hasta entonces ninguna relación homosexual, pero debo confesar que la visión de aquel cuerpazo, tras la mamada que me había hecho, me había puesto de nuevo excitado y sentía que mi verga empezaba a hormiguear de nuevo, a pesar de estar tan recientemente eyaculada.

Pero el siguiente movimiento de Roberto no me lo esperaba. Se metió en la bañera y se colocó a horcajadas sobre mí; cerró el grifo del agua, me dio un par de cachetes en la cara, como para comprobar que seguía dormido, y me abrió la boca. Su rabo estaba ahora a unos escasos 6 ó 7 centímetros de mis labios, y comprendí lo que iba a hacer; por un lado, pensé en dejar de fingir, pero me di cuenta de que entonces tendría que reconocer que me la había dejado chupar; por otra parte, con la borrachera que tenía y la mamada que me habían hecho, la verdad es que estaba totalmente desinhibido. Y además, aquel vergajo tenía tan buena pinta...

Todo esto lo pensé en un segundo, porque la verdad no tuve tiempo de pensar más; Roberto me abrió un poco más la boca y procedió a meterme la polla. Yo aguanté el tipo, como si estuviera aún dormido. Aquella masa de carne amenazaba con ahogarme, pero el novio de mi hermana me la metía con tacto y cuidado, suponiendo que yo aún dormía y no quería despertarme. El sabor de aquel enorme vergajo era realmente magnífico; los líquidos preseminales sabían exquisitos, y pronto, casi sin darme cuenta, me encontré chupándoselo voluntariamente; aún podía mantener la ficción de que lo hacía en sueños, y así me mantuve. Pero la verdad es que pronto fue imposible mantener esa mentira, porque mis mamadas se convirtieron en auténtica glotonería; abrí los ojos, pues, dispuesto a enfrentarme a los del novio de mi hermana, y allí me lo encontré, sonriéndome lascivamente. Me metí entonces aún más adentro la polla de Roberto, comprobando que yo también tenía buenas tragaderas: después de traspasar la campanilla con un esfuerzo, el gran capullo de su nabo siguió laringe abajo, camino del esófago, produciéndome un placer inenarrable.

Roberto comenzó a jadear con fuerza, y supe lo que venía; tenía miedo por un lado, pero también un deseo atroz. Venció este último, y me saqué de la boca el rabo de mi futuro cuñado, colocándomelo sobre la lengua, como vi que había hecho él poco antes: el primer churrazo me dio en los labios, y rápidamente lo probé con la lengua: sabía muy bien; más que bien, extraordinario, y los siguientes trallazos los recibí dentro de mi boca, conociendo entonces el excepcional placer de chupar una polla mientras está expulsando leche. Se la mamé hasta que no quedó una gota con la que relamerme, y Roberto se inclinó entonces y me dio un beso de lengua; pronto comprobé que lo que estaba haciendo el muy maricón era disputándome su propia leche, cuyos restos aún quedaban en mi boca.

En esto oímos la puerta de la casa abrirse. ¡Horror, debía ser mi hermana y mi madre! Salimos de la bañera más aprisa que corriendo, pero estaba claro que no podíamos salir del cuarto de baño sin que nos vieran.

Roberto se asomó un momento por la puerta del baño, y entonces oí como decía:

--Hola, Luisa, estoy tomando un baño, tenía mucho calor. ¿Y tu madre?

Oí a mi hermana al fondo.

--Se ha quedado en la tienda, tienen que terminar de tomarle medida, así que tardará todavía por lo menos media hora. ¿Y mi hermano?

Yo tragué saliva, a la espera de ver qué se le ocurría a Roberto. El novio de mi hermana resultó ser rápido de reflejos.

--Pues ha salido, lo llamaron unos amigos.

--Qué bueno, entonces estamos tú y yo solos... Hazme sitio en la ducha, que voy para allá.

Desde mi posición, tras la puerta, vi como Roberto palidecía. Miré a mi alrededor y sólo vi como escondrijo el bombo de la ropa sucia. Así que me situé detrás de éste, con la esperanza de que mi hermana no me viera.

Roberto, cuando vio que me había escondido, respiró algo más tranquilo y recuperó el color; franqueó el paso a mi hermana, que tal y como entró en el cuarto de baño, según pude ver desde mi escondite, le echó mano a la polla con cara de lascivia. Avanzaron un poco en el cuarto de baño, en dirección a la bañera, pero mi hermana no pudo aguantar más y se agachó ante su novio, metiéndose el rabo en la boca. ¡Qué envidia sentí en ese momento de mi hermana! Se estaba tragando aquella deliciosa masa de carne palpitante y apetitosa, que mi boca se había mamado apenas unos minutos antes.

Pero Roberto estaba todavía fuera de juego, o bien la boca de mi hermana no era lo suficientemente experta, porque el nabo no se le ponía tieso. Se la llevó entonces a la ducha, la desvistió por el camino y, ya dentro de la bañera, mi hermana continuó mamándosela. La verdad es que no lo hacía mal, pero yo estaba seguro de poder hacerlo mejor. La polla de Roberto seguía sin ponerse a tono. Entonces el novio dijo:

--Luisa, ¿quieres que se me ponga dura como el acero? Tengo un truquito de magia, pero para eso tienes que taparte los ojos. ¿Vale?

Mi hermana se quedó un tanto sorprendida, pero tenía tantas ganas de que la verga de su amor se empalmara que dijo que sí. Roberto cogió una toalla y se la colocó alrededor de la cabeza, tapándole los ojos. Entonces me miró e hizo un guiño.

Yo salí de mi escondite, sin hacer ningún ruido. Roberto me señaló su culo y sacó la lengua, lascivamente. Entendí perfectamente lo que quería que le hiciera; no lo había hecho nunca, pero estaba tan salido que estaba deseando chuparle lo que fuera, culo incluido. Me coloqué entonces tras él, le abrí las cachas del culo y me encontré con un agujero sonrosado, delicioso. Le metí a fondo la lengua en aquella rajita apetitosa, y noté cómo el chico respingaba en cada lengüetazo que le pegaba; por delante, la polla se le puso enseguida tiesa como un palo, y Luisa lo agradeció con un suave ronroneo, que era lo único que podía emitir, con la boca totalmente llena del nabo que yo había conseguido empalmar. Otra vez tuve una gran envidia de mi hermana, aunque ahora, la verdad, también yo estaba beneficiándome de un culo delicioso. Le debía estar gustando mucho, porque el orificio anal se abría extraordinariamente cada vez que le pasaba la lengua, así que pude penetrar en aquella oquedad extraordinaria y rosácea a placer. No sé cuánto pude llegar a meterle, pero no fueron menos de 8 centímetros de lengua ansiosa.

Entonces Roberto hizo darse la vuelta a Luisa y le metió su vergajo directamente por el culo, sin lubricar ni nada; mi hermana dio un pequeño grito, pero pronto se puso a culear para que le entrara más. Aquello me daba una oportunidad, porque los huevos de Roberto quedaban libres. Me situé entre sus muslos blancos y me metí sus cojones en la boca; la verdad es que la posición era complicada, sobre todo porque me tenía que mover al mismo compás que el novio y mi hermana, en su metisaca. Desde esta posición le veía el coño a Luisa como a 5 ó 6 centímetros, pero la verdad, no me llamaba la atención lo más mínimo.

La mano de Roberto tomó la mía y se la llevó hasta su culo. Comprendí lo que quería que hiciera: le metí un dedo en su agujero, pronto dos y hasta tres. Así que el mismo movimiento que hacía el chico para meterle el rabo a mi hermana lo aprovechaba para que yo lo follara con mis dedos. Aquello merecía pasar a mayores. Me salí de mi posición, después de haberle chupado a placer la huevera, y me coloqué tras Roberto: tenía a estas alturas mi polla totalmente erecta, y se la metí por el culo de una sola vez; noté cómo Roberto disfrutaba echando la cabeza hacia atrás, y como se acompasaba los embates que le metía a mi hermana por el culo con los que yo le pegaba en el suyo.

Y Luisa sin enterarse, con sus ojos vendados y pensando que estaban ellos dos solos en el cuarto de baño. La tía jadeaba como un perro, Roberto también, aunque por motivos distintos, y yo era el único que me tenía que aguantar, para no delatarme.

Roberto se giró y sacó la lengua lascivamente. Le entendí; me salí de su culo, con harto pesar, y me coloqué a su costado. El novio se inclinó sobre mi hermana, como si quisiera abrazarla mejor, pero realmente lo que hizo fue colocar su boca a tiro de mi polla. Yo, al ver la escena, no me pude contener y me corrí como un desesperado. Afortunadamente, Roberto ya tenía la boca muy cerca y cazó al vuelo mi primer churretazo. Se metió mi verga entre los labios y allí me recibió. Yo tuve que hacer verdaderos esfuerzos para no gritar de placer.

Sin embargo, estaba viendo muy difícil que él también pudiera acabar en mi boca, porque estaba claro que mi hermana quería ser ella la que disfrutara de la leche de su novio. Cosa curiosa, Roberto había pensado en algo para eso, como veréis: me hizo señas de que me ocultara tras el biombo de la ropa usada, y entonces le quitó la venda.

--Luisa, ¿me pongo un condón? Quiero metértela por el coño.

Mi hermana, muy feliz, dijo que sí.

Roberto sacó de su pantalón, que estaba en el suelo del baño, un preservativo, se lo colocó, y en poco más de un minuto eyaculó dentro de él (y dentro de mi hermana también, lógicamente).

Cuando salieron ambos por la puerta, él, disimuladamente, dejó caer el preservativo usado, con un nudo, sobre el biombo.

Entendí a la perfección; al salir del baño, Roberto miró para atrás y, con disimulo, se pasó la lengua por los labios, con un guiño.

Tomé el condón, le quité el nudo y me zampé su contenido: la leche aún estaba caliente, deseable y lúbrica; la paladeé con auténtico vicio, imaginando que estaba saliendo en ese momento del carajo del novio de mi hermana.

Desde ese día Roberto y yo buscamos la ocasión de vernos; antes no venía tanto por casa, pero ahora sí que viene todos los días, y siempre encontramos la oportunidad de chuparnos las pollas y darnos por el culo. He encontrado el sentido a mi vida: quiero pasarla con el rabo de Roberto en mi boca, o bien metido hasta adentro en mi culo; quiero tragarme toda la leche que produzca en el resto de su vida.

¿Es eso amor? No lo sé. Pero lo que sí sé es que mi hermana, sin saberlo, comparte ahora conmigo algo más que la misma sangre: también el mismo novio.


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